En el verano de 1866, el precio de la libra esterlina frente al dólar todavía viajaba en barco. Lo que se pactaba un lunes en Londres llegaba a Nueva York diez días después, ya viejo, y en el intervalo las dos ciudades cotizaban la misma moneda a precios distintos. Había gente que vivía de esa diferencia. Se llamaban arbitrajistas, y su oficio consistía en saber algo antes que el otro lado del océano.
Cyrus Field pasó doce años tendiendo un cable telegráfico por el fondo del Atlántico. El primero se rompió. El segundo funcionó tres semanas y murió. El tercero y el cuarto se perdieron en el mar. El 27 de julio de 1866, el quinto aguantó.
Desde ese día, el tipo de cambio cruzó el océano en minutos. Los operadores dejaron de decir “la esterlina contra el dólar” y empezaron a decir “el cable”, porque de ahí salía el precio. Ciento sesenta años después, en cualquier mesa de divisas del mundo, GBP/USD todavía se llama así.
Nadie recuerda los mensajes. Todo el mundo recuerda el cable.
Cuando cambia la velocidad del dinero, el valor no se queda en lo que viaja. Se queda en la vía.



