El 14 de febrero de 1945, un rey subió por primera vez en su vida a un buque de guerra extranjero. Abdulaziz Ibn Saud, fundador de Arabia Saudita, cruzó el Mar Rojo con su corte, sus alfombras y sus ovejas —insistió en llevar ovejas vivas para comer— hasta el crucero americano USS Quincy, anclado en el canal de Suez. Lo esperaba Franklin D. Roosevelt, que venía de Yalta, enfermo, a dos meses de morir. El hombre más poderoso del mundo, cruzando medio planeta en su condición, para sentarse con el dueño de un desierto.
No firmaron ningún tratado. Hicieron algo más duradero: un entendimiento. Seguridad por petróleo. Sobre ese apretón de manos se construyó medio siglo de orden mundial.
Ahora salta 76 años.
En enero de 2021, el ministro de economía de Alemania —la cuarta economía del mundo, la patria de la ingeniería— se sentó a escribir una carta que ningún ministro alemán había imaginado escribir. No iba dirigida a Washington, ni a Bruselas, ni a Beijing. Iba dirigida a Taipéi. Las fábricas de Volkswagen, BMW y Mercedes estaban parando por falta de un chip que cuesta menos que un café, y el ministro le rogaba al gobierno de Taiwán que intercediera ante una empresa privada, TSMC, para que le diera prioridad a los autos alemanes. Un país con ejército, moneda respetada e industria legendaria, suplicándole a una empresa que la mayoría de sus ciudadanos no sabía pronunciar.



